escritos políticos

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Jean Bricmont : En defensa de Gilad Atzmon

Introducción de Jean Bricmont a la edición francesa de The Wandering Who? (La Parabole d’Esther).


11 de mayo de 2012

Mis amigos palestinos me habían advertido repetidamente: Gilad Atzmon es antisemita, es malo para la causa palestina, incluso es posible que trabaje para Israel. Debo de tener una actitud inconformista, porque ese tipo de manifestaciones nunca impidió que leyera regularmente su blog (todo lo contrario) con una mezcla de fascinación y divertimiento. Se me ocurrió que un judío israelí, residente en el Reino Unido, un exiliado voluntario, acusado de antisemitismo, entre otros por judíos pro palestinos y militantes palestinos, y cuyas conferencias atraen manifestaciones de protesta de organizaciones “antirracistas” es por lo menos una curiosidad interesante. Además, habiendo “escapado” yo mismo de la religión (catolicismo) en la que me obligaron a crecer, siento una simpatía instintiva por todos los que rompen, a menudo brutalmente, con los mitos y restricciones de su infancia. Los temas de Atzmon, la política de identidad y memoria, están en el corazón mismo de nuestros debates sociales contemporáneos. Debería ser posible escuchar un punto de vista político verdaderamente incorrecto sobre estos temas, el de alguien que se autodefine como un “orgulloso judío ‘que se odia a sí mismo’”.

Pero proviniendo de un no-judío como yo, ¿no hay algo sospechoso, o francamente enfermizo, en un interés semejante? Cuando el editor de Atzmon me pidió escribiera el prefacio para la edición francesa de The Wandering Who? , me dije que sería una oportunidad de responder esa pregunta y, sobre todo, de explicar por qué Atzmon debe ser escuchado y discutido.

Es tan fácil “demostrar” el supuesto antisemitismo de Atzmon. Frecuentemente, incluso en el comienzo mismo de su libro, Atzmon hace una distinción entre tres significados de la palabra “judío”. Se puede aplicar a los adeptos de la religión judía, y no tiene nada contra ellos; a personas de origen judío, y tampoco tiene nada contra ellos; y, finalmente, a lo que llama la tercera categoría, es decir, aquéllos que, sin ser particularmente religiosos, subrayan constantemente su “identidad” judía y la colocan antes y por encima de la raza humana. Basta por lo tanto con interpretar la palabra “judío” en el primer sentido (gente de origen judío) cuando Atzmon la utiliza en el tercer sentido, en un estilo que es a menudo extremadamente polémico, para “demostrar” que es antisemita.

Sin embargo, cuando un ensayista francés, Bernard-Henri Lévy, usa su inmensa influencia para impulsar a su país a una guerra contra Libia y luego declara que lo hizo “como judío” y “fiel” a su nombre –lo que no es exactamente un argumento racional ¿pero se libran siempre las guerras por motivos racionales?– se debería permitir por lo menos que gente que no es de origen judío se pregunte sobre esa identidad judía en cuyo nombre la arrastran a una guerra que, piénsese lo que sea al respecto, no fue evidentemente una guerra de autodefensa por parte Francia.

¿Es legítimo criticar a los judíos en el sentido de la tercera categoría de Atzmon? Para comenzar, es obvio que todo individuo tiene perfecto derecho a “sentir” la pertenencia a un grupo del cual se enorgullece, o que del que piensa que contribuye de forma importante a idea que ese individuo tiene de sí mismo, sea judío, bretón, francés, católico, negro, musulmán, etc. Ya que todas estas identidades provienen de los azares del nacimiento, semejantes sentimientos de orgullo son irracionales, ¿pero quién puede obligar a los seres humanos a que sean racionales?

El problema se presenta cuando esas identidades adquieren un estatus político privilegiado, exactamente como cuando las religiones adquieren un estatus semejante. Cuando una comunidad, agrupada alrededor de su “identidad” demanda ciertos derechos –o compensaciones, o privilegios– se debería permitir que otros que no comparten esa identidad cuestionen la justificación de esas afirmaciones. Como cuando una religión trata de imponer su propia moralidad a la sociedad en su conjunto. La política de la identidad se encuentra entre negros, musulmanes, mujeres, etc. Incluso se podría sugerir que la política actual se reduce cada vez más a un conflicto entre identidades, y que las cuestiones socioeconómicas se han relegado a la administración de expertos no elegidos. Pero también existe una política de identidad judía, cuyas implicaciones van mucho más allá del conflicto israelí-palestino y que afecta, entre otras cosas, a la libertad de expresión o a las relaciones con los musulmanes.

Pero mientras las demandas de identidad, especialmente de musulmanes, se atacan en público regularmente, el gran mérito de Atzmon es reconocer la existencia de la política de identidad judía y criticarla, algo que prácticamente nadie más se atreve a hacer.

La manera de terminar con la política de identidad sería indudablemente ampliar el concepto de secularismo a la separación de la identidad del Estado, así como la separación de cosas sagradas, como el recuerdo, del Estado e incluso de la política. Cada individuo debe poder definir el grupo al cual pertenece y los eventos considerados importantes o sagrados de la historia. Pero el Estado y todas sus instituciones públicas, como escuelas y universidades, deberían ser estrictamente neutrales en cuanto a esas alternativas. En una democracia secular, la política debería encarar la administración colectiva de todos los habitantes, con leyes y regulaciones, medidas sociales y económicas, pero no lo que los ciudadanos deben pensar (a menos que la idea sea avanzar hacia lo que todos afirman que desaprueban, es decir, el totalitarismo). En un período marcado por la proliferación de leyes conmemorativas, cuando los individuos son arrastrados ante los tribunales por insultos u ofensas contra algún grupo en particular, o por negar ciertos hechos históricos, y cuando una expresión torpe puede desatar un diluvio de protestas usualmente seguidas de disculpas públicas (en otros períodos se llamaban “confesiones” o “autocríticas”) por lo menos se puede decir que una propuesta tan simple se arriesga parecer revolucionaria así como utópica.

Pero si cada cual debe poder disfrutar de su identidad favorita, también debería ser posible que las personas que han crecido en una identidad o religión dada rompan con ella, se rebelen contra ella y la critiquen, por decir así, “desde adentro”. Hay suficientes escritores de origen católico, musulmán, francés, alemán, entre otros, que son muy críticos de la cultura en la cual nacieron. Generalmente, se les considera librepensadores. Pero no cuando son de origen judío como Atzmon. No cabe duda de que está obsesionado por la identidad judía y su crítica de ella; a menudo es desmedida, provocadora, incluso irritante. ¿Pero sobre qué base es inaceptable que un judío sea muy crítico de su cultura y por qué no puede ser desmedido, provocador e irritante? Sé por experiencia propia que Atzmon está lejos de ser un caso único entre judíos, incluso si es excepcional al decir en público lo que piensa. ¿No es una forma sutil de antisemitismo que se prohíba a un judío que se rebele contra sus orígenes, cuando ese tipo de rebelión es aceptado e incluso respetado en el caso de una persona de otro origen?

Una de las preguntas más importantes que se plantean respecto a los escritos de Atzmon es si lo que dice es bueno o malo para los palestinos (lo que difiere de la pregunta de si lo que dice es verdadero o falso). Una fracción considerable del movimiento de solidaridad con Palestina parece pensar que es malo y trata de distanciarse lo más posible de ese “personaje sospechoso”. A mi juicio, es un inmenso error, que refleja un error más básico. Este movimiento da a menudo la impresión de que su “solidaridad” con Palestina tiene lugar sobre todo allí y que requiere más y más misiones, viajes, diálogos, informes, e incluso a veces “procesos de paz”. Pero los hechos son que los israelíes no quieren hacer las concesiones que serían necesarias para vivir en paz y que un motivo principal para esa actitud es que piensan que pueden gozar del apoyo occidental ad vitam aeternam. Por ello, el movimiento de solidaridad debería en primer lugar atacar ese apoyo. Otro error frecuente es pensar que ese apoyo se debe a consideraciones económicas o estratégicas. Pero, por lo menos en la actualidad, Israel no es útil a los intereses occidentales. Vuelca al mundo musulmán contra nosotros, no produce ni una gota de petróleo y lleva a EE.UU. a una guerra contra Irán que los estadounidenses claramente no desean. Los motivos de este apoyo son suficientemente obvios: la constante presión de las organizaciones sionistas sobre intelectuales, periodistas y políticos, manipulando interminablemente la acusación de antisemitismo y el clima de culpa y arrepentimiento (por el Holocausto) mantenido en auxilio vital artificial, en gran parte por esas mismas organizaciones. Como resultado, la tarea principal del movimiento de solidaridad con Palestina debería ser permitir la libre expresión sobre Palestina, y también denunciar la presión e intimidación de los diversos lobbies. Es lo que hace Atzmon. Lejos de rechazarlo, el movimiento de solidaridad debería convertir en una prioridad que se le lea y escuche, incluso si uno no está totalmente de acuerdo con lo que dice.

Mediante su ataque total al “tribalismo” judío, la contribución esencial de Atzmon a la solidaridad con Palestina es ayudar a que los no judíos comprendan que no están siempre equivocados cuando se presentan conflictos con organizaciones judías. El día que los no judíos se liberen de la mezcla de miedo y culpa que actualmente los paraliza, el colapso incondicional a Israel colapsará.

Sin embargo, si es normal e incluso noble que Atzmon priorice el ataque a la identidad de sus orígenes, parece sobrestimar la particularidad de sus características. Los sentimientos de superioridad y la voluntad de dominar existen en muchos pueblos y grupos a lo largo de la historia. Como señaló el pacifista estadounidense A.J. Muste, el problema de todas las guerras es el vencedor: la victoria le ha enseñado que la violencia paga. Generalmente se encuentran más sentimientos humanos entre los derrotados, los alemanes y japoneses después de 1945, o los franceses después de la pérdida de su imperio colonial. Pero la superioridad militar de Israel, así como la impunidad, de la que ciertos representantes suponen que gozan cuando difaman a cualquiera que les apetezca, solo refuerza las actitudes denunciadas por Atzmon, pero que no son necesariamente específicamente “judías”. Constituyen, por desgracia, las características humanas universales de gente que se siente en una posición de fuerza. En realidad, el mayor servicio que los no judíos podrían rendir a la comunidad judía sería resistir las presiones, en lugar de ceder como hacen usualmente.

Finalmente, ¿qué hay del auténtico antisemitismo? ¿No lo alienta lo que Atzmon (o yo) decimos, y no es necesario combatir ese mal? Antes de responder, veamos lo que ese “combate” significa en la práctica. En Francia existe una ley contra el cuestionamiento de los hechos relacionados con la persecución de los judíos durante la Segunda Guerra Mundial (pero no de hechos relacionados con algún otro evento histórico). La gente es enjuiciada por llamar al boicot de Israel (pero no de cualquier otro país). Son innumerables los espectáculos o escritos que hieren los sentimientos de todo tipo de gente, y es banal insultar cosas que son sagradas para los musulmanes o los cristianos, pero solo cancelan regularmente los que se consideran antisemitas. Es arriesgado mencionar en público al lobby pro israelí. Durante una emisión francesa de radio sobre ese tema, John Mearsheimer recordó que el difunto historiador Tony Judt le había advertido de que Francia sería el país más difícil para que pudiera hablar, lo que primero no quiso creer, pero después descubrió que era verdad.

Me parece que si uno es democrático, como la mayoría pretende ser, lo primero que debe hacer es pedir igualdad, en principio, para todos los seres humanos, por lo menos con respecto al derecho a expresarse. Pero no es el caso respecto a Israel y las comunidades judías organizadas. En imposible combatir la división de la sociedad en comunidades rivales si no existe una igualdad semejante.

Respecto a las acusaciones de antisemitismo, un enfoque democrático debería basarse en tres principios:

- El término "antisemitismo" debería definirse con suficiente claridad como para permitir la crítica. Por ejemplo, si antisemitismo es “defender la libertad de expresión de los revisionistas del Holocausto”, o "cuestionar el derecho a la existencia de Israel" (como Estado judío que niega el derecho de retorno a los palestinos) debería responderse que no se trata de antisemitismo, sino de libertad de expresión o derecho internacional.
- Las acusaciones debería basarse en lo que se ha escrito realmente y no en rumores o interpretaciones.
- Se debería permitir que las personas acusadas se defiendan, lo que es particularmente difícil ante el tribunal de la opinión pública, a menos que se logre cultivar un escepticismo saludable ante ese tipo de acusación, que es alentado por los escritos de Atzmon.

Dicho esto, es probable que el genuino antisemitismo (entendido como hostilidad general contra personas de origen judío) esté creciendo, y en una medida inquietante. Pero ese aumento del antisemitismo se debe primordialmente a la increíble arrogancia de la política israelí, a la conducta de sus partidarios en Francia, a su determinación suicida de imponer al pueblo francés una política que no desea y una censura de facto que le impide protestar. La manera en que se libra actualmente el “combate contra el antisemitismo” –incluso con las mejores intenciones del mundo– solo es provocada por cualquier tipo de censura y, en este caso, aumenta el antisemitismo. El combate real contra el antisemitismo requiere que se renuncie a la forma en la que se libra la “lucha contra el antisemitismo”, mediante intimidación y censura. Los que no lo comprenden deberían reflexionar un poco más sobre la historia del “socialismo realmente existente” y del catolicismo en sus años de apogeo.

Jean Bricmont
Counterpunch print edition.


Jean Bricmont es profesor de Física en la Universidad de Lovaina, Bélgica. Este texto ha sido adaptado del prefacio de La parabole d’Esther (Editions Demi-Lune 2012), edición francesa del libro de Atzmon The Wandering Who? A Study of Jewish Identity Politics.

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens (11.05.2012):
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=149389

Enlace con el original en inglés (09.04.2012) :
http://uprootedpalestinian.wordpress.com/2012/04/09/counterpunch-print-edition-in-defense-of-gilad-atzmon-by-jean-bricmont/

Todas las versiones de este artículo:
- In Defense of Gilad Atzmon By Jean Bricmont